No tengo fe
Pero me gustaría
En dos días consecutivos, dos amigos queridos me han contado que han encontrado la fe en Dios y en la Iglesia Católica (que como todos sabemos es la única fe verdadera, y junto al ateísmo, lo único que un español de bien puede abrazar).
En ambos casos este hallazgo ha ocurrido después de la noche oscura del alma: dos enfermedades de la que ambos han salido con bien.
Yo he envidiado de toda la vida a quienes tienen fe. Es una herramienta maravillosa para andar por el mundo con una base sólida que te sostenga y te aleje de los cantos de sirena del relativismo moral y del posmodernismo. Lo he intentado, lo prometo, pero no me llega.
Mi ausencia de fe me impide creer en muchas cosas que no se puedan demostrar empíricamente, y reconozco que examino las elecciones vitales de mis conocidos a través de ese prisma. Me pasma, por ejemplo, que gente razonablemente educada y con intelectos aparentemente sanos puedan creer en el comunismo, que es un acto de elección política que supone ignorar lo que la realidad dice acerca de su pésimo funcionamiento.
A cambio, creo a pies juntillas en la importancia de la institución que es la Iglesia Católica, con todas sus luces y sombras, en la construcción de la sociedad en la que vivimos. Creo que el cristianismo ha producido la civilización más próspera, libre y humana que ha conocido la historia. Siempre me viene a la mente lo que dice Houellebecq de que el valor de una religión se mide por el del sistema moral y social que funda. Comparar las sociedades cristianas con las musulmanas, por ejemplo, nos da idea de esa calidad.
Pero cuando hablamos de la fe religiosa, no hay verificación empírica. Todo queda en el terreno de la intimidad más cerrada, y la única vía de comunicación con el exterior es la del testimonio. ¿Estoy dispuesto a creer a quien dice que Dios les lleva de la mano? Sí. Pero sin embargo, no soy capaz de creer que me lleve a mí, por mucho que en mi propia noche oscura lo necesite. Yo estoy solo, y ellos no.
Esta soledad se acrecienta a cada paso. Pero por mucho que busco, no encuentro, todo me grita que somos una casualidad, una tirada de dados, y que la única verdad es la entropía en la que vamos a acabar todos más pronto que tarde. Me gustaría tener la fortaleza que te da la fe, el abrazo permanente de saber que hay un plan, pero por más que abro los cajones, no encuentro nada.
Por lo menos me queda el consuelo de pensar que los que sí creen, creen (y rezan) por mí.


Primeros 5 ejercicios que me vienen al leerte a ti y a tus lectores, poniendo en práctica lo que dice Jesús. 1) Escuchar las suites para chelo de Bach si es posible por Pau Casals. Sentir. Estar. 2) Ir a primera hora a la Sala Hipostala del Parque Güell. Sentir. Estar. 3) Ir a tu cafe preferido, lápiz y papel y escribir el nombre de una persona de tu vida por cada año de vida que te protegió empezando por cuando tenias 1 año y luego una lista de personas a las que tu hiciste senit protegidas empezando desde el 2026. Sentir Estar. 4) si le vas cogiendo el gusto, explora la paternidad desde el primer instante a hoy. Sentir. Estar. 5) sentado con una copa en algun lugar tranquilo, elege a alguien querido que ya no esté y explora si se hace presente y de que manera. Sentir. Estar.
El cerebro humano es un genio cuando se trata de autoengañarse. Es obvio que, evolutivamente, no estamos diseñados para la verdad sino para la supervivencia, lo cual incluye necesariamente también la tranquilidad mental que proporciona el concepto de "sentido". La religión cumple perfectamente con eso.